En las últimas décadas, los incendios forestales se están caracterizando por sus intensidades alarmantes.
Los daños económicos, sociales y ecológicos son cada vez mayores, siendo sus causas: el creciente cambio climático, que al aumentar notablemente la temperatura media, favorece la aparición de los incendios, la expansión e influencia urbana, que aumenta los riesgos de descuidos que generan incendios, y el abandono de prácticas tradicionales de manejo del territorio y vida rural, como el pastoreo, ramoneo o recogida de leña, que quitaba masa vegetal susceptible de arder.
No es posible analizar los incendios de manera individual o sesgada, ya que presentan una frecuencia, intensidad y estacionalidad específicas que deben examinarse en su contexto para entender tanto sus causas como sus efectos. Pero, dicho esto, los incendios forestales son peligrosos tanto por sus efectos devastadores sobre el medioambiente como para la seguridad y salud de la ciudadanía afectada y de las personas trabajadoras que deben actuar en su control y extinción.
Solo el 28% de los montes son de titularidad pública y pertenecen al Estado, a las comunidades autónomas, entidades locales u otras entidades de derecho público, mientras que el 72% de la superficie forestal española es privada. En muchas áreas rurales, las prácticas agrícolas y ganaderas solían actuar como una forma natural de reducir la vegetación que sirve de combustible para el fuego. Sin embargo, la migración hacia las ciudades y el abandono de las tierras ha generado un incremento en la cantidad de biomasa en las proximidades de los pueblos. Esto, unido al aumento de urbanizaciones, aumenta considerablemente el riesgo de incendios.
La prevención activa es una de las claves para evitar grandes incendios, y esto incluye tanto la educación de las comunidades locales y en los colegios, como la implementación de brigadas de trabajos silvícolas y quemas técnicas controladas en parcelas estudiadas que creen mosaicos de discontinuidad para que, en caso de gran incendio, los equipos de extinción tengamos zonas de oportunidad y líneas de control para trabajar en mejores condiciones de seguridad y eficiencia en la extinción, además de otras medidas de gestión a valorar.
Debemos reducir el riesgo de incendios inmensos que arrasen todo gestionando el territorio periódica y puntualmente para tener fuegos de media o baja intensidad.